domingo, julio 27, 2008

En el mar la vida es más sabrosa

Las vacaciones, como en realidad cualquier época festiva, nos sirven a los mexicanos para reavivar o resaltar las esencias más puras de nuestra nacionalidad.
En primer lugar mencionemos nuestra necesidad de estar acompañados, y no me refiero a ir con nuestra esposa e hijos o en el caso de la soltería plena (que no solterona) acompañarnos de algún familiar para viajar tan lejos o tan cerca como nuestras finanzas nos lo permitan.

Me refiero al acompañamiento de todo un ejercito (dividido en diversos batallones) para sentirse feliz y acompañado, esto claro puede ser casual o causal, imaginémonos a una mujer diciéndole a otra: “Pues fíjate comadre que Alberto anda pensando en alquilar una casa en la playa esta temporada, los gordos ya se cansaron de ir con los tíos a Cancún, ya hace 3 años que fuimos la última vez y como dice Beto: ¡Tienen que convivir con sus amiguitos!”; en esos momentos estamos incitando a la comadre a acompañarnos, esta acción la realizamos sin estar plenamente concientes de su finalidad (puede ser que queramos compartir el costo del susodicho predio o sólo es el deseo de comentarlo para lograr la envidia), de una u otra manera nos hemos convertido en una opción de relax colectivo para un grupo más o menos extendido de familiares y amigos casi familiares (de cariño), que se suman al barco de las ilusiones vacacionales.
Llegado el momento, hasta la abuelita o la tía no tan joven acaba emboletada (con gran felicidad o sin ella) en la aventura, siendo que de alguna manera podrán hacerse cargo del grupo de infantes, de los pre y pospúberes en caso de que nos salga una fiesta a los mayores.
El susodicho predio playero puede estar ya sea frente al mar o a un kilómetro de él, más no pierde atractivo, especialmente si fue cimentado con alguna frase similar a la siguiente: “pues bien comadre ya sabes que ahí está la casa, nomás lléguese con los niños y ahí nos acomodamos, lo importante es que nos reunamos y la pasemos bien todos juntos”.
No digo que no exista la buena y amigable intención, más ¿cómo calificar a ese sentimiento que nos nace del corazón? (como dirían las Pandora). Esa sensación de: “¿qué habré hecho para merecer esto?” y la mirada castigadora del conyugue que nos dice, por ese medio de expresión: “¿era necesario publicarlo?”
Pensemos en un sábado cualquiera de temporada, en donde después de recibir visitas fugaces toda la semana, servir y cocinar para todos, ir por los niños a sus diversos compromisos sociales (sin los cuales perderían status dentro de su selecto grupo de amigos), determinamos que éste fin de semana nanay de nada, a descansar, que cada quien haga y coma lo que pueda y como pueda….. más de repente oímos una voz familiar, rodeada de gran ajetreo que nos grita: “comadreeeeeeeeeeee ya llegamos” y se nos presenta toda la familia de “cariño”, incluida la mascota, cargados con dos bolsas de Sabritas, un six pack, 1 latita de dip y dos botellas de refrescos de dos litros, todo eso como apoyo al almuerzo familiar colectivo.
“Qué padre que está la casa, ya le dije a Huayo o te avivas y rentamos casa el año que viene o ya de plano nos juntamos con los compadres, pues me da tanta pena caerte siempre”.
Es ahí donde la idea de descanso se esfuma y se inicia el movimiento de niños por todos lados, pidiendo refrescos, botanas, toallas que van y vienen, el corre-corre a encargar pescado frito para todos, los señores viendo la vida pasar con su “chela fría” motivados a hablar de su trabajo o de los amigos ausentes.
Uno siente realmente algo parecido al pecado, y no es falta de amor, sólo es engentamiento.
No puedo dejar a un lado a las personas que si son felices recibiendo “in pronto” a cualquier conocido que se les presente, que lo disfrutan y hasta lo promueven, ejerzo hacia ellos solamente una profunda admiración, pues sacrificar tu tiempo personal planeado para el reposo para satisfacer las necesidades de una tribu inesperada y además ser feliz, no puedo más que admirarlo.
En fin, que al atardecer, entrando la noche, suplicando que no sea muy entrada la misma, porque entonces se corre el peligro de que: “en donde duermen cinco, duermen nueve”, los llegados (invitados sin fecha o cita definida) se retiran, muy agradecidos y comunicándonos lo bien que la han pasado, sin desechar la idea de repetir la experiencia.
Nosotros nos quedamos con la casa caída, más cansados que al despertar, pero diciéndonos a nosotros mismos: “son los amigos, son familia, así es la temporada”.

4 comentarios:

Hijo 001 dijo...

Muy de acuerdo con la opcion de los que se divierten cuando les cae la "marabunta" Yo que me engento hasta en la plaza no puedo mas que admirar a esas familias que (me ha tocado verlo) en un espacio para 6 duermen hasta 15. Diganme "mamila" o cualquier otro adjetivo pero para pasar trabajos mejor me quedo en mi casa.
Muchos saludos

Anónimo dijo...

por eso luego de las vacaciones necesitamos otras pa` descansar jaja pero despues de todo eso cuando te preguntan en el trabajo que hiciste en las vacaciones puedes presumir que fuiste a cancun y omites que con 20 mas y que dormiste en el piso por ceder tu lugar a la familia del compadre.cariños ANI

Tessy dijo...

Jajajaja me encanto la doctrina de hoy. Miles de veces sucede esto y a muchos nos encanta!!! y por mas que nos quejemos y nos quejemos al final siempre acabamos haciendo lo mismo toooodos los años. Saludos.

IAR Periodistas dijo...

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