Cuando dos almas se encuentran

Es difícil que como seres humanos falibles nos demos tiempo para escuchar al otro, capaces de no juzgar, simplemente escucharlo sintiendo lo que el otro siente y conmoverse con sus emociones.

Pocas muy pocas veces había vivido esa emoción dirigida hacia mí.
Todo surgió de forma espontánea, sin programa o cita previa, sencillamente el tiempo fue pasando y los corazones se fueron abriendo.
La sensibilidad fluye y no hay cuestionamientos, no hay verdaderos o falsos, se escucha y se le dice al otro con la mirada, con expresiones no verbales: “entiendo, te comprendo, puedes decirme, nada pasa, todo queda aquí y podrás seguir tu camino sin esa carga”.
Esa sensación de que el otro también se abre contigo, con la misma confianza y la misma emoción, logra un momento que marca vidas, ¿no es algo generoso escuchar y comprender? ¿Acaso no es verdad el que logramos una condición distinta al sabernos comprendidos?, cual Sísifo que deja de escalar permanentemente con la piedra en la espalda.
Si tan solo cada uno de nosotros nos convocáramos a compartir, así de simple, sin asegunes, con compasión, cada cierto tiempo con alguien, donde la libertad de expresión sea el centro del encuentro y la sensación de paz y alegría el final del mismo.
Cada uno de nosotros debe de procurar esos momentos, probablemente alguno pensará que no lo necesita, más debe reflexionar el que probablemente alguien lo necesite a él.
Dicen que distancia no es ausencia, lo he comprobado.
Juan Pablo II al despedirse de nosotros en su última visita nos dijo: “Me voy, pero no me voy; me voy, pero no me ausento; me voy pero de corazón me quedo”.
Gracias a quien insospechadamente nunca ha estado ausente, quien con una sorprendente y amable presencia inesperada, a cambio de un café imaginario, logró que yo dejara una de mis piedras en el lugar adecuado: el pasado.