El Salitre III

Después de una noche reparadora en la que decidí ponerme en manos de la marea a esperar lo que la vida dispusiera, conocí al mecánico (Dn. Daniel) que finalmente había sido el elegido, el cual tenía buena apariencia y porte, acompañado, muy mexicanamente por sus ayudantes, quienes observaban todo, escuchaban todo y hasta sus pensamientos podían oírse con sus opiniones acerca del diálogo entre Don Daniel y una servidora.
La primera frase que se cruzó entre ambos fue: “¡Ay Seño! cuando todos dicen que su auto está cuidado, uno tiene que ser algo esquivo, pero de verdad que el suyo si lo está”, le respondí: “Entiendo, el auto es como los hijos, por feos o brutos que sean, son nuestros, y para una madre sólo por eso, y mientras no nos hayan abiertos los ojos con el resultado de sus acciones equívocas, seguimos creyendo que son bellos, inteligentes y ampliamente sociabilizables”.
Después de intercambiar información y constatando que mi vehículo es tan noble que sólo resistió hasta dejarnos en el hotel, pues ante la inspección ya no hubo reacción alguna, procedió a darme diagnostico y costos posibles, reconozco que su forma de expresarse más el hecho de que llevaba un cuaderno con precios y opciones, me dio tantita seguridad y algo de serenidad para no tener un colapso en el miringo, aceptando que la bomba de gasolina estaba dañada por probable suciedad acumulada y que fue absorbida por la llegada a la reserva del tanque.
La grúa se llevo mi carroza y yo procedí a ver el mar y sumergirme en él después de tantas horas de incierto destino.
La primera de las pruebas físicas fue el caminar por la arena para llegar al mar, pues han rellenado tanto, pero tanto la parte de la playa del hotel en cuestión, que me hundía como si estuviera caminando en pleno Polo Norte, jadeante llegue al hermoso mar Caribe y me introduje justo a las 2:50 pm, fijándome en quienes compartían ese espacio natural conmigo, lo cual no era difícil de observar pues el grupo era uniforme, 7 chiquillos nativos púberes, que por sus acciones y amplia colección de objetos insertados en una especie de espolón de piedra, era obvio que no estaban hospedados en el hotel y que se encontraban en plena campaña de recuperación de sus playas después de 500 años de arrebatadas.
Guarde suficiente distancia con esa tropa en la que se entre tejían unos con otros, quitándose las calzoneras y lanzándoselas entre sí (obvio que el dueño de la misma no tenía nada más en el cuerpo, ni vergüenza siquiera); poniéndose arena en la cara o pasando a ahogar al más cercano entre carcajadas histéricas y lanzamientos de agua por doquier. 

Mientras yo oía un pi.pi.piripipi.pi, y no detectaba que pudiera ser, hasta ver mi reloj, el cual había sido previamente llevado a consulta especializada para saber si podía caminar conmigo en el mar, ya no se diga sumergirme…..resultado: reloj muerto. 

Descanse en paz.
A lo lejos se veía un adulto varón de piel curtida y calzonera justo al límite de lo que es aceptable judicialmente, quien observaba con desinterés las fechorías de quienes parecían parte de su prole. 

Mi fiel escudero apareció, caminando algo perturbado cual es su costumbre, luciendo su ropa playera y sus lentes oscuros los que al no tener graduación, le dan un aspecto de alguien simplemente altivo, cuando en realidad es la falta de visión o más bien de can que lo guíe, asumo que por el espacio que yo ocupo en el mundo me fue distinguiendo y se acercó a gozar junto conmigo del mar, mientras yo le expresaba que estábamos rodeados de aprendices del “J.J.”, en eso nos encontrábamos cuando de repente sale de la zona roja (los púberestráficantes) un balón de voleibol, directo y una velocidad tal que no tuve tiempo de decir “agua va”, aporreándose el balón entre la oreja y la sien de mi acompañante, el balón se desinfló, yo arremetí contra la tropa loca y mi escudero quedó estático, ya después de hablarle y hablarle concluí: “O queda en estado catatónico perenne o se le acomoda aquello que tenia fuera de su lugar”. 

Hasta ahora, no actúa como antes, por lo cual creo que el más perjudicado fue el balón.


Saliendo del mar recibí las nuevas de mi diligente mecánico indicándome que había que cambiar completamente la bomba de gasolina, y que al bajar el tanque, el cual andaba algo flojo (eso creo que por los baches asiduos a los que es adicto mi piloto) se habían dado cuenta de que la gasolina estaba contaminada con AGUA, si mis queridos lectores AGUA, claro que había su basurita, pero recuerden dilectos lectores: gasolinera, zona hotelera, frente a Plaza Kukulcán; si usted lector / lectora queridos desean darle agua al sediento y ese sediento es su vehículo, favor de acudir sin demora a dicha gasolinera.


Costos de reparación: varios miles de pesos, tramitología necesaria para disposición de préstamo a tarjeta de crédito y ¡Listo! a cambiar lo requerido por piezas originales (ya con el chofer genérico es suficiente).


En ese punto recordé el termino de mi querido Dehesa: “ser salitroso” y me puse a meditar, ¿Seré una salitrosa?, o me voy a la visión católica: “Son pruebas que nos ponen para no declinar nuestra fe, porque admítelo pudo ser peor”; o verlo desde el lado medico: “Maestra para la depresión que ha tenido hace varios meses, el que no haya recaído es un gran avance” (Dra. Lope dixit).


Pues será el sereno, pero me siento triunfadora de poder contar este tiempo de vacaciones con la mejor de las voluntades y ánimo; mi carroza lavada y encerada por manos locales en mi garaje y una deuda con Roberto Hernández a pagar a 18 meses con módicos intereses.


La reparación de mi vehiculo tuvo un precio, el que ustedes me lean no lo tiene.

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El Salitre II

Inesperadamente algunos de mis 9 lectores han quedado con un sabor de misterio con mi post anterior, como no pretendo dejarles más que fragancias y no sabores inciertos, proseguiré con el relato de mis vacaciones.

Pues bien, como les decía, tomamos camino hacía la joya del Caribe: Cancún, mi conductor designado y una servidora, proveídos de cuanto articulo pudimos determinar que fuera necesario para una sana y relajada diversión, iniciando por un USB con las 90 canciones de Joaquín Sabina más entrañables; Alejandra Guzmán; Juan Gabriel en versión original y versión Pandora; lo último de Ricky Martin; los clásicos de Mariah y Beyoncé.


En un momento dado, le indique al piloto: “Pongamos gasolina, me gusta salir con el tanque lleno”, “Pero Miss, está básicamente lleno, sólo le falta un octavo de tanque” respondió, poniendo cara de varón inteligente y yo me dije: “Mejor cedo, finalmente no debo de seguir costumbres añejas, aunque mi papá me enseño que mientras más lleno este el tanque, menos gasolina se gasta, además de que nunca lo dejo llegar a menos de medio, para que no se revuelva con la basura, pero, en fin…”


El escudero firme al volante y yo a mi Blackberry, brincando de Twiter a Facebook, pero eso si, no entró ni salió ninguna llamada hasta estar prácticamente a una hora de Cancún; ¿Cómo puede uno ir derrochando simpatía por las redes sociales y no puede en cambio hacer una llamada de auxilio, en caso necesario? Sépalo Slim, el caso es que me fui las horas muy entretenida por el camino, incluyendo las paradas imperantes del escudero para las necesidades más variopintas, entre ellas su café cappuccino (aún no acabo de definir desde cuando los yucatecos jóvenes y no tanto, se les vino la maña de la botellita plástica con agua en la mano, van con ella hasta el baño) pues ahora lo “cool” es tomar bombas de crema con chispas de todo, marinado hasta con galletas oreo, eso es ir, en estos tiempos, a tomar un café.

Yo, escribe y escribe en mi red social, y canta y canta, así me estaba hasta que al entrar a la zona hotelera vía aeropuerto, noto que el tanque de gasolina estaba prácticamente en reserva, cosa que mi carroza nunca había vivido, con voz entrecortada y asfixiante le dije al chofer, “¿Cómo que nos estamos quedando sin gasolina, que no?”, “Sep.”, fue la única respuesta; repliqué: “Entonces busquemos tu hotel primero y después le ponemos gasolina para ir a donde yo me quedaré”, lacónico: “Sep, está bien”.

No puedo dejar de comentar que el hotel al que llegamos finalmente para hospedaje del escudero, que según datos y fotografías en la Internet estaba frente al campo de golf Pok Ta Pok distaba mucho de ser lo que esperábamos, era algo así como una vecindad del Chavo del 8, entre casas habitadas, el hotel colindaba con una tienda de abarrotes al más puro estilo colonia “El Niño Bastonero” y una farmacia, la que no creo que venda medicinas licitas en la cantidad en que ha de vender otros servicios u productos. 
La neta que lo vi feo y le dije: “Mira si no te quieres quedar vamos a buscar otro", pero la conciencia de mi piloto creyó que quedándose ahí, en: "La boca del Averno", era un medio de espiar alguna culpa real o por venir, y dijo: “NO, aquí la puedo pasar”.


Todo esto al calor de las tres y media de la tarde en un día en que el sol decidió desprenderse endemoniadamente de sus rayos y que yo, cual bola de helado de coco del Colón sentía que me iba derritiendo y volviéndome leche de coco.

Finalmente salimos de ahí y nos dirigimos a una gasolinera situada frente a Plaza Kukulkán, bueno es decir más adelantito de ella, del otro lado de la avenida (¿Para qué tantos datos?…. ¡Ah! ya se sabrá)


Llenamos el tanque de Premium y yo pues palpitante, acalorada, un tanto estresada y con ganas de estar en mi casa dije: “Vámonos en pos de la playa y nuestros amigos”, llegamos por ellos, dejamos nuestro gran volumen de bienes y nos dirigimos a un restaurante, altamente recomendado denominado “Bovinos”, no me pregunten la calle o avenida, pues según esto Theodora y Dña. Lupis su madre, así como su sobrinita del D.F. venían pero re’ bien orientadas por la hermana mediana (Lunita), y como la madre es visitante asidua de la hija, ella nos dirigía a voz en cuello desde la parte trasera: 
“No importa m´hijo yo siempre me meto en sentido contrario aquí y no pasa nada” decía la sufrida madre a mi escudero sin saber lo que sus palabras podrían ocasionar, seguimos y seguimos, bache aquí, tope allá, hasta que observe que pasábamos por tercera vez en 15 minutos por el mismo anuncio de la presentación de Chayanne y de Luis Miguel a celebrarse.

En ese momento impuse mi jerarquía (como dueña del vehículo) y les dije: "Método infalible, paremos a un taxi y que nos lleve al sitio", malas caras, gruñidos de que estábamos a punto de atinar , más el taxi, en dos semáforos, tres toques de claxon y un bache nos dejo a la puerta del restaurante en menos de cinco minutos, junto al valet parking.

Yo pensé, por fin ¡Vacaciones! entramos al restaurante que es tipo espadas brasileñas, perooooooo que tiene una barra de buffet que: ¡Esa si es una barra de buffet! Cuanto jamón serrano, camarones al esto o al aquello, langostinos que uno pudiera agarrar y comer, eran suyos, al ver ese mar de posibilidades me fui al menú de sólo (¡¡¿Sólo?!!) barra, please. 

Comimos de todo, hasta de lo que no había y que inventamos, todo delicioso, felicidad que tuvo su nubarrón al momento de ingresar una familia del centro del país, del tipo de: “Este piso que piso, es mi piso”, conformado por un número indeterminado de infantes los que se apoderaron de tres tambores amazónicos que hay en la recepción del restaurante, y cual émulos de cualquier nativo de la zona mencionada empezaron a retumbar por todo el local. 

Es obvio el que no tenga que mencionar que los odié, más no sabía que ese sentimiento me iba a ocasionar una sensación desgarradora posterior, dentro del Ying Yang de la vida.

Superada la barra y los infantes tamborileros, salimos y nos fue entregada mi carroza procediendo a partir hacia el hotel de Theodora y familia, el camino ya lo sabíamos pues de tantas vueltas ya podíamos hasta ser candidatos de la zona, todo iba bien hasta que llegamos a la avenida Tulum, posterior a un bache en el que caímos y el coche, mi carroza real empieza a corcovear, a toser, a perder potencia….fuimos apagando opciones, primero el aire acondicionado (quien me conoce sabe que eso para mi es de primera necesidad) y nada….las luces intermitentes……y nada, la avenida Tulum en pleno jueves de pascua, llena de camiones y taxistas homicidas y kamikazes pitándonos y recordándonos nuestras raíces, nosotros con cara de angustia, ahora sí, el silencio era profundo, como que todos esperaban alguna reacción mía y yo, salvo sudar no sabía qué hacer……frenamos sin parar el motor, acelerábamos y nada….y dije: “Pos vámonos así, a ver hasta donde llegamos” y cual calandria nos fuimos hacia la avenida Kukulkán donde la sombra cobijo a mi carroza y pareciendo que Kukulkán descendió sobre ella, el coche fue revolucionando, y revolucionando, fuimos prendiendo cosas y seguía, llevándonos en estado de aparente plenitud hasta el hotel. ¡Fiu!

Bajo el techo del estacionamiento del hotel, descendimos y nos fuimos triunfadores a la habitación-suite, con la digestión en la garganta y todos sudados. Ahí nos esperaba la hermana de Theodora, Lunita, quien es un ser sumamente crédulo y bueno, y quien fue fiel oyente de nuestras aventuras, al término de lo narrado y siendo que ella habita en dicha ciudad, nos cuestionó: “¿Y, quedó así? ¿Funciona?”, entrándome un calor por todos los poros, ante la duda, procediendo madre e hija a recordar cuantos talleres automotrices conocían: “Que el de enfrente de tu casa, ese se ve un señor decente”, “Pero también esta aquel otro, si m´hija, el Chato, el que arregló aquello de tu auto”; “No mejor el otro, el güero ese que es medio raro pero que no cobra mucho”; a mí, mientras me subía la bilirrubina, el colesterol, el azúcar y por el contrario, me menguaba la paciencia por la ansiedad y propuse: “Determinemos uno y llamemosle a primera hora".

Procedí a reportarme a mi predio para avisar de mi arribo, cual sería mi sorpresa que mi mascota, mi Oliver querido, se había puesto mal durante el día y requería, aparentemente de una operación algo extraña en la oreja, resultado de una infección en el oído la cual no sabía que tenía.

Ya sólo busque una cama y me tiré pensando: 
                          "¡Caray si no me cayeron tan mal esos niños!"
Continuará

El Salitre

Este compuesto de elementos químicos es altamente conocido en nuestra zona, especialmente en la costa porque ocasiona, eventualmente la erosión de los metales lo mismo en barcos u objetos del hogar.

Así mismo, el siempre presente Germán Dehesa aplicó dicho apelativo a famoso político por la relación de casualidades negativas relacionadas con su persona en perjuicio de otras. De inicio, Dr. Salvador Nava Martínez, presidente municipal de San Luis Potosí en dos ocasiones, líder ciudadano, luchador por la democracia en México, quien llevaba largos años sufriendo una penosa enfermedad, aún así, nunca cejó en la lucha social.Postrado ya, el político realizo viaje exprofeso para visitar al Dr. Nava en su lecho, con el fin de darle ánimo y, de cierta manera, reconocer su larga y congruente vida de lucha. A los dos días el Dr. Nava quien había resistido largos embates de su enfermedad, descansó en paz.

A los pocos meses, en plenos Juegos Olímpicos de Sídney, Bernardo Segura, llega a la meta, festeja y arrollado por los emisarios de las televisoras, le zampan en la cabeza los audífonos para ser felicitado por el político, sin seguir el protocolo, donde los mandatarios felicitan a sus deportistas después de esperar la premiación; justo cuando ambos desgranaban hermosuras, viene el canijo juez y le saca tarjeta roja al caminante tenochca, el cual embelesado por la voz de su mandatario, no se da cuenta de que es descalificado y por tanto pierde la medalla.
De ahí, Dehesa lo apodó: “El Salitroso”.

Pues bien, después de profunda meditación he visualizado que en mis andares diarios soy, además de una persona declarada y aceptadamente floja profunda, favor de no confundir, soy floja disciplinada: pues hago todo al momento y en forma correcta para no tenerlo que hacer después, no tiro cosas, para no levantarlas, etc., que no es lo mismo que disciplinadamente floja; además soy travelfóbica.
Estos últimos días he confirmado que detesto viajar "per se", soy una viajera visual-televidente, National Geografic, Discovery Channel y los canales españoles, me han dado ilustración, mucho más amplia que las de muchos viajeros consuetudinarios.

Porque seamos claros, viajar lo que es viajar, Marco Polo y Cristóbal Colón, quienes iban descubriendo y prodigando sus aprendizajes, no como ahora que salimos en grandes grupos tipo mas barato por docena, cada quien con un saco lleno de Ipad, Ipod, cámara 10x con teleobjetivo, teléfono celular provisto de GPS y sabiendo a donde llegar, de donde partir, cuanto durar, que visitar, subir y bajar 434 escalones para ver a 6 metros una escultura, todo esto con un guía o compañeros ya experimentados que dirigen y indican cuando comer y cuando deshacerlo; hospedajes previa reservación, aunque lo reservado no coincida con lo ofrecido.

Y es que entre mi estado de “Dolce far Niente” perpetuo, eso de hacer maletas, definir que llevar, cuánto pesa la maleta, cuanta ropa llevar, para que quede espacio para el “shopping”, debido a las nuevas restricciones de las aerolíneas donde cada vez más nos limitan las valijas; quedándonos solamente el ya famoso método “yuca”: Si usted amable lector / lectora, ve subir a un avión que parte, por decir algo, de Malasia a Tonga, porque: “Un chino y un yucateco los encontrará a cualquier parte del mundo que uno vaya” -mi madre dixit- y surge en la cabina del avión una mujer con las manos y brazos llenos de bolsas de plástico o de papel, repletas y amarradas entre sí, mas dos cajitas, adicionalmente a su bolsa de mano, seguida de algún varón joven o ya entrado en años, con cara de profunda pena, cargando cual eunuco africano en plena selva, le aseguro que esos seres son yucatecos.


Si además ellos son miembros de alguna excursión, no solo será una prole completa con esas características, sino que además ya posesionados de su espacio conversaran de sus aventuras y de personas presentes o ausentes, a voz en cuello, tanto así, que uno puede ponerse al día sin haber vivido algún tiempo en Yucatán.

Todo eso es demasiado para mi letargo profundo, aunando que el viajar en avión es mas largo y cansado (dependiendo del destino y su distancia) que ir a pie; las carreteras son malas y caras; los niveles de población mexicana son elevados a la “N” potencia en las fechas vacacionales, porque estaremos en quiebra, pero se emplea cualquier recurso con tal de: “Salir a descansar, pues finalmente nos lo merecemos”.

Olvidándome de mi personalidad y mis propias limitaciones acerca de departir en medio de esa sobre población, acepté gustosa la amable invitación, que la querida progenitora de Theodora, fiel amiga mía, me extendió para pasar con su familia unos días en Cancún. 


Como hay que ser prudente, limite mi visita a un período paquetero, cuatro días y tres noches; transportación por carretera en mi carroza ampliamente cuidada y a la cual considero una extensión de mi misma, y tripulada por mi fiel escudero, el cual tiene el don de caer en cuanto bache nos encontremos y de no frenar en altos o pasos peatonales, pero eso sí, le encanta ir detrás de cuanta combi o camión encuentra, para ir realizando las mismas paradas que las de dichos vehículos públicos.

Llena de ilusiones, bloqueadores, ropa apropiada y considerando todas las eventualidades posibles en cuanto a casa, vestido, mascota, alimento, bienes para la visita y demás, procedimos a emprender el viaje a dicho polo turístico.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el salitre?

¡Ah!, eso merece otro post.