lunes, mayo 09, 2011

El Salitre II

Inesperadamente algunos de mis 9 lectores han quedado con un sabor de misterio con mi post anterior, como no pretendo dejarles más que fragancias y no sabores inciertos, proseguiré con el relato de mis vacaciones.

Pues bien, como les decía, tomamos camino hacía la joya del Caribe: Cancún, mi conductor designado y una servidora, proveídos de cuanto articulo pudimos determinar que fuera necesario para una sana y relajada diversión, iniciando por un USB con las 90 canciones de Joaquín Sabina más entrañables; Alejandra Guzmán; Juan Gabriel en versión original y versión Pandora; lo último de Ricky Martin; los clásicos de Mariah y Beyoncé.


En un momento dado, le indique al piloto: “Pongamos gasolina, me gusta salir con el tanque lleno”, “Pero Miss, está básicamente lleno, sólo le falta un octavo de tanque” respondió, poniendo cara de varón inteligente y yo me dije: “Mejor cedo, finalmente no debo de seguir costumbres añejas, aunque mi papá me enseño que mientras más lleno este el tanque, menos gasolina se gasta, además de que nunca lo dejo llegar a menos de medio, para que no se revuelva con la basura, pero, en fin…”


El escudero firme al volante y yo a mi Blackberry, brincando de Twiter a Facebook, pero eso si, no entró ni salió ninguna llamada hasta estar prácticamente a una hora de Cancún; ¿Cómo puede uno ir derrochando simpatía por las redes sociales y no puede en cambio hacer una llamada de auxilio, en caso necesario? Sépalo Slim, el caso es que me fui las horas muy entretenida por el camino, incluyendo las paradas imperantes del escudero para las necesidades más variopintas, entre ellas su café cappuccino (aún no acabo de definir desde cuando los yucatecos jóvenes y no tanto, se les vino la maña de la botellita plástica con agua en la mano, van con ella hasta el baño) pues ahora lo “cool” es tomar bombas de crema con chispas de todo, marinado hasta con galletas oreo, eso es ir, en estos tiempos, a tomar un café.

Yo, escribe y escribe en mi red social, y canta y canta, así me estaba hasta que al entrar a la zona hotelera vía aeropuerto, noto que el tanque de gasolina estaba prácticamente en reserva, cosa que mi carroza nunca había vivido, con voz entrecortada y asfixiante le dije al chofer, “¿Cómo que nos estamos quedando sin gasolina, que no?”, “Sep.”, fue la única respuesta; repliqué: “Entonces busquemos tu hotel primero y después le ponemos gasolina para ir a donde yo me quedaré”, lacónico: “Sep, está bien”.

No puedo dejar de comentar que el hotel al que llegamos finalmente para hospedaje del escudero, que según datos y fotografías en la Internet estaba frente al campo de golf Pok Ta Pok distaba mucho de ser lo que esperábamos, era algo así como una vecindad del Chavo del 8, entre casas habitadas, el hotel colindaba con una tienda de abarrotes al más puro estilo colonia “El Niño Bastonero” y una farmacia, la que no creo que venda medicinas licitas en la cantidad en que ha de vender otros servicios u productos. 
La neta que lo vi feo y le dije: “Mira si no te quieres quedar vamos a buscar otro", pero la conciencia de mi piloto creyó que quedándose ahí, en: "La boca del Averno", era un medio de espiar alguna culpa real o por venir, y dijo: “NO, aquí la puedo pasar”.


Todo esto al calor de las tres y media de la tarde en un día en que el sol decidió desprenderse endemoniadamente de sus rayos y que yo, cual bola de helado de coco del Colón sentía que me iba derritiendo y volviéndome leche de coco.

Finalmente salimos de ahí y nos dirigimos a una gasolinera situada frente a Plaza Kukulkán, bueno es decir más adelantito de ella, del otro lado de la avenida (¿Para qué tantos datos?…. ¡Ah! ya se sabrá)


Llenamos el tanque de Premium y yo pues palpitante, acalorada, un tanto estresada y con ganas de estar en mi casa dije: “Vámonos en pos de la playa y nuestros amigos”, llegamos por ellos, dejamos nuestro gran volumen de bienes y nos dirigimos a un restaurante, altamente recomendado denominado “Bovinos”, no me pregunten la calle o avenida, pues según esto Theodora y Dña. Lupis su madre, así como su sobrinita del D.F. venían pero re’ bien orientadas por la hermana mediana (Lunita), y como la madre es visitante asidua de la hija, ella nos dirigía a voz en cuello desde la parte trasera: 
“No importa m´hijo yo siempre me meto en sentido contrario aquí y no pasa nada” decía la sufrida madre a mi escudero sin saber lo que sus palabras podrían ocasionar, seguimos y seguimos, bache aquí, tope allá, hasta que observe que pasábamos por tercera vez en 15 minutos por el mismo anuncio de la presentación de Chayanne y de Luis Miguel a celebrarse.

En ese momento impuse mi jerarquía (como dueña del vehículo) y les dije: "Método infalible, paremos a un taxi y que nos lleve al sitio", malas caras, gruñidos de que estábamos a punto de atinar , más el taxi, en dos semáforos, tres toques de claxon y un bache nos dejo a la puerta del restaurante en menos de cinco minutos, junto al valet parking.

Yo pensé, por fin ¡Vacaciones! entramos al restaurante que es tipo espadas brasileñas, perooooooo que tiene una barra de buffet que: ¡Esa si es una barra de buffet! Cuanto jamón serrano, camarones al esto o al aquello, langostinos que uno pudiera agarrar y comer, eran suyos, al ver ese mar de posibilidades me fui al menú de sólo (¡¡¿Sólo?!!) barra, please. 

Comimos de todo, hasta de lo que no había y que inventamos, todo delicioso, felicidad que tuvo su nubarrón al momento de ingresar una familia del centro del país, del tipo de: “Este piso que piso, es mi piso”, conformado por un número indeterminado de infantes los que se apoderaron de tres tambores amazónicos que hay en la recepción del restaurante, y cual émulos de cualquier nativo de la zona mencionada empezaron a retumbar por todo el local. 

Es obvio el que no tenga que mencionar que los odié, más no sabía que ese sentimiento me iba a ocasionar una sensación desgarradora posterior, dentro del Ying Yang de la vida.

Superada la barra y los infantes tamborileros, salimos y nos fue entregada mi carroza procediendo a partir hacia el hotel de Theodora y familia, el camino ya lo sabíamos pues de tantas vueltas ya podíamos hasta ser candidatos de la zona, todo iba bien hasta que llegamos a la avenida Tulum, posterior a un bache en el que caímos y el coche, mi carroza real empieza a corcovear, a toser, a perder potencia….fuimos apagando opciones, primero el aire acondicionado (quien me conoce sabe que eso para mi es de primera necesidad) y nada….las luces intermitentes……y nada, la avenida Tulum en pleno jueves de pascua, llena de camiones y taxistas homicidas y kamikazes pitándonos y recordándonos nuestras raíces, nosotros con cara de angustia, ahora sí, el silencio era profundo, como que todos esperaban alguna reacción mía y yo, salvo sudar no sabía qué hacer……frenamos sin parar el motor, acelerábamos y nada….y dije: “Pos vámonos así, a ver hasta donde llegamos” y cual calandria nos fuimos hacia la avenida Kukulkán donde la sombra cobijo a mi carroza y pareciendo que Kukulkán descendió sobre ella, el coche fue revolucionando, y revolucionando, fuimos prendiendo cosas y seguía, llevándonos en estado de aparente plenitud hasta el hotel. ¡Fiu!

Bajo el techo del estacionamiento del hotel, descendimos y nos fuimos triunfadores a la habitación-suite, con la digestión en la garganta y todos sudados. Ahí nos esperaba la hermana de Theodora, Lunita, quien es un ser sumamente crédulo y bueno, y quien fue fiel oyente de nuestras aventuras, al término de lo narrado y siendo que ella habita en dicha ciudad, nos cuestionó: “¿Y, quedó así? ¿Funciona?”, entrándome un calor por todos los poros, ante la duda, procediendo madre e hija a recordar cuantos talleres automotrices conocían: “Que el de enfrente de tu casa, ese se ve un señor decente”, “Pero también esta aquel otro, si m´hija, el Chato, el que arregló aquello de tu auto”; “No mejor el otro, el güero ese que es medio raro pero que no cobra mucho”; a mí, mientras me subía la bilirrubina, el colesterol, el azúcar y por el contrario, me menguaba la paciencia por la ansiedad y propuse: “Determinemos uno y llamemosle a primera hora".

Procedí a reportarme a mi predio para avisar de mi arribo, cual sería mi sorpresa que mi mascota, mi Oliver querido, se había puesto mal durante el día y requería, aparentemente de una operación algo extraña en la oreja, resultado de una infección en el oído la cual no sabía que tenía.

Ya sólo busque una cama y me tiré pensando: 
                          "¡Caray si no me cayeron tan mal esos niños!"
Continuará

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pati, acuso recibo de Salitre II, automotriz y ardientemente climático.
Cpp

Mind_mover dijo...

Increible Maestra Pati....Un abrazo...