martes, marzo 10, 2026

La muerte del Mencho (o el misterio del ataúd dorado)

 Si el asunto no fuera tan oscuro, uno podría recordar la vieja canción del gran Chava Flores sobre la muerte de Cleto. Cleto, al menos, tenía viuda… y amigos que terminaron perdiendo el ataúd en un juego de cartas. El 

Mencho, en cambio, nos dejó algo distinto: una fotografía polvosa de hace décadas y un ataúd dorado con manerales de oro macizo de 24 kilates.

Nada mal para alguien cuya vida —nos dicen— fue una persecución constante del Estado.

De modo que sabemos dos cosas:
que el Mencho existió… y que murió.
Aunque, por alguna razón, murió cuando aparentemente no debía morir.
La periodista mañanera Reyna Haydee Ramírez —especialista en ponerle el pie enfrente al poder cuando menos lo espera— dijo en la conferencia lo que muchos pensamos desde aquel inolvidable domingo de febrero: el día de la búsqueda, captura… y muerte.
Reyna Haydee acorraló a la presidenta Claudia Sheinbaum y al general Ricardo Trevilla con una pregunta sencilla: ¿cómo murió exactamente “El Mencho”?
La respuesta fue la de siempre: rodeos, evasivas y una elegante salida por la tangente.
La llamada transparencia de la 4T, cuando se pone incómoda, suele practicar el arte del silencio.
Pero las preguntas siguen ahí.
¿Cómo una persona descrita durante años como gravemente enferma sobrevivió a una balacera y a la captura… pero nadie sabe de qué murió después?
¿De un balazo?
¿De asfixia?
¿De su enfermedad?
¿O de algo más… digamos… administrativo?
¿Por qué el avión que lo trasladaba fue dirigido primero a Michoacán y luego, tras su muerte —sin causa declarada—, cambió súbitamente de ruta hacia la Ciudad de México?
¿Quiénes iban en ese avión?
Al llegar a la capital, el cuerpo fue llevado al SEMEFO en una camioneta con puertas selladas.
El cuerpo tardó en bajar.
Después nos informaron que sí, que era él: el Mencho.
Certificado por ADN.
Muy bien.
¿Comparado con el ADN de quién?
Tampoco sabemos qué familiar reclamó el cuerpo.
Ni si ese mismo cuerpo fue el que apareció en una funeraria dentro del brillante ataúd dorado que ya circula en fotografías.
Y hay otra escena curiosa.
El Ejército y la Guardia Nacional rodeando un cementerio en Zapopan para el entierro de un delincuente.
Uno se pregunta:
¿a quién protegían exactamente?
¿A los asistentes?
¿Al ataúd?
¿O a la versión oficial?
¿Murió el Mencho de muerte natural?
¿Murió por las heridas del enfrentamiento?
¿O al Mencho… lo murieron después?
¿Es realmente él quien está enterrado en el cementerio Recinto de la Paz?
Porque hay algo aún más extraño.
Después de años de bloqueos, incendios, ataques y demostraciones de fuerza, la organización del Mencho parece haberse evaporado de un día para otro.
Ni reacción, ni venganza, ni ruido.
Silencio.
Y finalmente, la pregunta más incómoda de todas.
Si esta operación fue tan feroz como se nos dice, ¿dónde están los funerales del personal del Ejército y de la Guardia Nacional que habría caído en ella?

Porque si el Mencho estaba custodiado por tan pocos,
¿cómo se explica entonces un número tan alto de bajas entre militares y Guardia Nacional?

En esta historia abundan las balas, los aviones, los ataúdes dorados…
y, curiosamente, también los silencios.

Y en política —como en los viejos tangos— cuando hay demasiado silencio…
algo no está cuadrando.

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