lunes, mayo 03, 2010

Pongamos que hablo de Joaquín

Fue por el año 1983 cuando escuché a lo lejos una voz rasposa diciendo:

“¿Quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí?”

Después de ese sentimiento inevitable de rendición, aún no sé como podía haber vivido sin sus letras, sin su música, creo que en lo más profundo de mi intuía que alguien así debía de existir; ahora entiendo que yo no era la única loca de atar, después de conocer su vida y su mensaje, su espíritu.
Lo he ido descubriendo de a poco, como esos amores que de profundos y apasionados, vale la pena no gastárselos en pocas noches; como el buen vino afrutado; como la palabra exacta que describe lo que solo unos cuantos nos permitimos ser y hacer.
Los finales de mis primeros veinte años se fueron en la búsqueda de ese mes de abril robado, sobreviviendo a un ataque de tos y lamentándome por la pobre Cristina.
En medio del amor juvenil que se alejaba, después de tanto tiempo de ser y no serlo, aprendí que:

“Hoy amor, igual que ayer, como siempre el diario no hablaba de ti, ni de mí.
Hoy dijo la radio que han hallado muerto al niño que yo fui que han pagado un pasote de pelas por una acuarela falsa de Dalí.
Que ha caído la bolsa en el cielo, que siguen las putas en huelga de celo en Moscú.
Que subió la marea, que fusilan mañana a Jesús de Judea, que creció el agujero de ozono, que el hombre de hoy es el padre del mono del año 2000”.
Mis treintas, se ajustaron a entender que, eventualmente, Gulliver será, por naturaleza humana, atacado por los enanos y que, aunque sólo me sintiera un ser terrenal más, tenía que admitirme y decirle a una parte de mí:
“Te acusarán, te acusarán, te acusarán:
De ser el tuerto en el país de los ciegos,
De ser quien habla en el país de los mudos,
De ser el loco en el país de los cuerdos,
De andar en el país de los cansados,
De ser sabio en el país de los necios,
De ser malo en el país de los buenos,
De divertirte en el país de los serios,
De estar libre en el país de los presos,
De estar vivo en el país de los enanos,
De ser la voz que clama en el desierto”.

A mis cuarenta, el y yo, paralelamente, cada quien en su estadío, seguíamos conectados de manera inevitable:
“Ayer Julieta denunciaba a Romeo,
por malos tratos, en el juzgado,
cuando se acuestan la razón y el deseo,
llueve sobre mojado.
Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla,
cosas de enamorados,
bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla,
llueve sobre mojado.
La última guerra fue con mando a distancia,
el dormitorio era un vagón de soldados,
por más que llueva y valga la redundancia,
llueve sobre mojado.
Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla,
uno y uno son demasiados,
bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla,
llueve sobre mojado.
Y, al final, sale un sol incapaz de curarlas heridas de la ciudad,
Y se acostumbra el corazón a olvidar”


A unas horas de quedarme quieta ante él, a punto de memorizar cada uno de sus movimientos y gestos, con esa voz cuyo tono relata un mar de aventuras y deseos satisfechos; presta a recibir una a una las emociones que surjan de sus poros directo hacia los míos, solo puedo repetir, como diría el maestro:
“A mis cuarenta y diez,
Cuarenta y nueve dicen que aparento,
Más antes que después,
He de enfrentarme al delicado momento
De empezar a pensar”

Podrán entender que después de tres décadas en las que he vivido acompañada por él, como si fuera adivinando lo que yo requería, no es casual este resultado, dado que me ha correspondido plenamente.
No me conoce, nunca sabrá de mi, yo imbuida de su ser he aprendido, cantando, sintiendo, pensando:
“Aprendiendo a vivira prendido a saber decir que no.
Aprendiendo a sufrir la saliva de la incomprensión.
Aprendiendo a vivir en este siglo feroz.
Aprendiendo a seguir contra viento y marea siendo yo”